Si la cultura es el conjunto de creencias, actividades y objetos que definen a un grupo humano, una cultura de alto rendimiento se caracterizará por incorporar dicho calificativo en sus tres dimensiones. La parte clave es entender lo que significa ese “alto rendimiento”.
Si la cultura se entiende como un sistema que construye el futuro, tiene sentido hablar de un rendimiento. No todas las culturas se miran a sí mismas de esa forma. Pueden verse tan sólo como “guardianas de la tradición”, es decir, para proteger el pasado. Culturas así tienden a estancarse, pues lo importante no es “rendir”, sino “perpetuar”.
Históricamente, muchas culturas se han caracterizado por esa segunda noción y terminan por moverse en círculos, sin avance, sin evolución y estacionando a sus miembros. Dentro de sus creencias básicas está el pensar al ser humano como un ser ya completo, “terminado” y sin capacidad de evolucionar; por tanto, sólo se puede mantener o degradar. De ahí su afán estaticista.
En cambio, culturas como la griega o la romana, que luego permearon en Europa, partían del primer supuesto: que eran constructoras de futuro y, por tanto, se enfocaban en evolucionar hacia algo mejor de forma constante. Eso permitió una visión de expansión territorial, de avances científicos y de civilizaciones cada vez más complejas.
Por supuesto, esto tuvo también su parte negativa, pues dio lugar a la conquista, al colonialismo y a los avances en tecnología de guerra. Ambas visiones tienen sus áreas de oportunidad; sin embargo, la que ha dado más frutos al desarrollo humano es la percepción de construcción de futuro.
Una cultura de alto rendimiento se ve a sí misma de esa forma. Dentro de sus creencias básicas, se percibe al ser humano como perfectible, como un ser inacabado, capaz de seguir evolucionando en lo individual y en conjunto. Se ve a la realidad como una oportunidad de aprendizaje y de transformación.
Dichas creencias se traducen en actividades productivas: se realizan y se celebran los viajes, la consecución de grandes hitos constructivos y la culminación de niveles educativos. Lo más importante es que siempre se perciben como pasos hacia algo más grande.
No se logra el “gran viaje”, sino el hito que representa, de cara al siguiente. Lo importante no es el logro finito, sino lo que habla en términos de avance más allá.
Como los sellos en un pasaporte, que se convierten a la vez en experiencias logradas y en el reto de nuevos viajes, más experiencias similares. Los niveles educativos nos traen distintos distintivos, diplomas e investiduras que hablan de los estadios que hemos cursado, pero también de los niveles hacia los cuales ahora podemos avanzar.
Aquí entra un tema crucial: premiar demasiado el logro no es fomentar una cultura de rendimiento, sino una de medición. Con frecuencia, como sociedad, premiamos la mejor evaluación o el término del ciclo escolar, y no el esfuerzo, el intento constante y la amplitud de los avances. Esto puede rápidamente convertir una cultura de rendimiento en una cultura estática.
En el fondo, estamos hablando de esperanza. Una cultura de alto rendimiento tiene esperanza en el futuro y la confía a sus miembros a través de entrenamiento, medición, retos y celebrando cada nuevo triunfo como avance, no como premio último.
En la educación, una cultura de alto rendimiento se traduce en compartir con el educando sus avances personales y las posibilidades que va alcanzando. Evitar el sólo premiar avances estandarizados y, en cambio, acompañar al estudiante de forma puntual e individual en sus avances.
Celebrar los ciclos educativos tiene sus puntos buenos, pero puede pronto convertirse en algo cronológico y no esperanzador.
Es algo así como entregar reconocimientos en la empresa a quien ha cumplido 30 años trabajando ahí. Es un premio “inevitable”, pero que habla poco de lo que la persona ha contribuido. Una verdadera cultura de alto rendimiento personaliza el avance.
Da seguimiento al rendimiento individual, a sus logros y a sus potencialidades. Es aquí en donde las nuevas herramientas nos permitirán apoyar mejor a los educandos.

